domingo, enero 20, 2008

Desarrollo infantil




Hay una frase atribuida a Freud que dice que el niño es el progenitor del adulto (the child is the parent of the adult). Durante los años que tardé en darme cuenta de la necesidad que tenía de emprender un trabajo con mis emociones, siempre tenía una intuición imprecisa de esta verdad, de la importancia de mi niñez en lo que estaba siendo mi vida de joven adulto a menudo atormentado. Pero también tenía mucho miedo de mirar hacia atrás, no quería enfrentarme con mis demonios y así estuve durante años entreteniéndome con otras distracciones, muchas veces remedios peores que la enfermedad en sí.
Luego, después de una crisis existencial que me obligó a reconocer que necesitaba ayuda, empecé a trabajar las emociones con sucesivos terapeutas a la vez que empecé a practicar la meditación. También leía todo cuanto encontraba sobre temas espirituales, terapéuticos, integrales etc. Ahora estoy estudiando psicología con la Open University (la “UNED británica”), y está resultando un complemento importante a las otras prácticas, ya que me ofrece claves también al nivel cognitivo para entender y aceptar mi historia personal, especialmente los aspectos más difíciles. En este sentido la última asignatura que cursé, Child Development o “Desarrollo Infantil”, me ha servido de mucho.

Hay dos aspectos que me han encantado de esta asignatura. Uno es el abordaje multidisciplinar del tema que tiene la Open University, el cual me permite ir integrando distintos enfoques de un modo que resuena con el enfoque integral de Wilber, que ya conozco. Resulta mucho más fácil asimilar lo nuevo cuando está en consonancia con lo conocido que cuando una diferencia de paradigmas está suponiendo disonancias constantes. El otro aspecto de estos estudios que he apreciado es ya mucho más personal. Además de la parte objetiva de conocimientos adquiridos y examinados, también hay una parte de igual importancia que es el impacto subjetivo de la asignatura, que me ha ayudado a revisitar emocional e intuitivamente mi propia infancia y desarrollo personal temprano.

Una de las cosas que más me impactó en esta asignatura fue lo que se conoce como la teoría del apego. Con esta teoría el psicoanalista británico John Bowlby propuso que las tempranas relaciones de los niños con sus madres o cuidadores primarios ayudan a crear una plantilla (o Modelo Operativo Interno) que va a influir en todas sus relaciones posteriores. En una extensión del trabajo de Bowlby, Mary Ainsworth creó una técnica ya estándar llamada la Strange Situation (situación extraña), que usa el grado y naturaleza de la ansiedad de separación que surge cuando un niño es separado temporalmente de su madre para evaluar su estilo de apego o vínculo afectivo.

Con esta técnica catalogó a los niños en tres tipos: el apego seguro (tipo B) caracteriza a niños que tienen a su madre como base de operaciones segura, se alteran con la ausencia de la madre pero se recuperan con facilidad; el apego inseguro-evitativo (Tipo A) se ve en niños que ni usan la madre como base ni se alteran con su ausencia y son reacios a la interacción cuando ella vuelve; el niño de apego inseguro-ambivalente (tipo C) tampoco usa la madre como base, se altera con la separación de la madre, busca la interacción cuando vuelve pero luego la rechaza. Se ha sugerido que hay una relación entre estos estilos de vinculación afectiva temprana y nuestra manera de relacionarnos como adultos: por ejemplo, Tipo B tendería a confiar en la posibilidad de relaciones positivas con otros, Tipo C podría ser de entrada más receloso y preocupado en cuanto a sus relaciones afectivas y Tipo A podría mostrar una tendencia a evitar relaciones y aislarse.

Estudiar sobre esta teoría hacia resonar aspectos de mi propia historia personal, haciendo que me preguntara en qué tipo me clasificaría yo (seguramente estaría más cerca del Tipo C) y también provocando la contracción que suelo sentir ante lo que percibo como estrechez reduccionista de las tipologías. Creo que esto se debe a que este tipo de categorización puede caer en el determinismo – “uno es de cierto tipo y ya no hay nada que hacer”. Sin embargo, lo que la teoría nos sugiere es que se puede entender el estilo de apego como un punto de partida, que influye más que determina en las relaciones posteriores, en interacción con otros muchos factores, como por ejemplo, hechos existenciales importantes o el estilo de apego de la otra persona en una relación. De hecho, se ha identificado un tipo de vinculación adulta que se llama ‘seguridad adquirida’, donde personas que han tenido infancias difíciles logran establecer relaciones afectivas sólidas y felices de adulto. Al reconocer que nuestra historia personal no determina nuestro futuro sino que sólo la influye, dejando un espacio para la agencia y protagonismo individual de cada uno, la teoría ya me resulta más alentadora.

Otro abordaje teórico que resuena conmigo y con mi historia personal, es el modelo transaccional del desarrollo promovido por Sameroff. En el estudio de los casos de comportamiento ‘problemático’ en los niños se ha debatido si la causa (o, desde una perspectiva pre-moderna, la ‘culpa’) de este comportamiento se encuentra en la sociedad, en los padres o en los niños mismos. El modelo transaccional propone que todos estos factores se influyen mutuamente a través del tiempo por lo que no tiene sentido insistir en la búsqueda de una primera causa. El ejemplo dado por Sameroff es de cómo un parto complicado puede causar ansiedad para una madre inicialmente tranquila; esto puede provocar una reacción adversa en el bebe al mamar y dormir; la reacción del bebe es interpretada por la madre como sugestiva de un temperamento difícil; ella reacciona pasando menos tiempo con el niño; finalmente este acaba demostrando problemas en cuanto a desarrollo lingüístico. Lo bueno de este modelo para mí es que va más allá de la visión de un bebe o un niño pasivo y víctima, al que sencillamente le pasan cosas y sugiere como desde muy pronto la agencia individual participa en el desarrollo. Y el tomar conciencia de la propia agencia y protagonismo es precisamente una parte importante de la sanación que muchos tenemos que emprender como adultos.

Así el debate en el campo psicológico del desarrollo infantil entre nature (la naturaleza) y nurture (la educación) acaba trascendiéndose con la noción más bien de una interacción continua y tri-direccional entre niño, entorno y biología, lo cual puede verse como otra versión del Gran Tres, del que habla Wilber: subjetivo, intersubjetivo y objetivo (yo, nosotros, ello; lo bello, lo bueno, lo verdadero; Buda, Sangha, Dharma, etc). Y a mí me sirve como hoja de ruta o marco cognitivo dentro del cual ir desglosando y sanando aspectos del camino transcurrido, para poder así ir soltando mi historia personal y seguir adelante más ligero de equipaje.

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